“Ser sede en 2027 es clave para mostrar movilización feminista y transfeminista en el medio de la campaña electoral, contra la naturalización de la crueldad y el traspaso sin metáforas de los recursos del pueblo a manos de los capitales concentrados”, señala el documento al apuntar contra el presidente Javier Milei.
También fue señalado el Gobierno porteño: “Es la ciudad donde ocurrió un triple lesbicidio que espera justicia y donde el asedio a los barrios populares y la persecución racista es permanente”.
El texto recupera la genealogía de esa ciudad: allí nacieron los Encuentros en 1986, allí se hizo la primera concentración de Ni Una Menos, que “se replicó en todo el país y más allá de nuestras fronteras”, y allí estuvo la cuna de la Marea Verde.
“Buenos Aires tiene que servir para que podamos llegar desde todos los rincones de nuestro territorio y de otros territorios también, para que esta forma de debatir y experimentar la comunidad feminista y transfeminista en lucha aliente a más compañeras, compañeres, compañeros”, fue el cierre que expresa la necesidad de nombrar a varones trans y varones homosexuales que vienen siendo parte del Encuentro desde hace muchos años.
Treinta años después
Tres décadas después, el Encuentro Plurinacional vuelve a la Ciudad de Buenos Aires. La última vez fue en 1996, en pleno menemismo y a 20 años del golpe militar. El acto de apertura se hizo en el estadio de Obras Sanitarias, donde la Comisión Organizadora homenajeó a las compañeras detenidas-desaparecidas con la consigna “Compañeras: ¡Presente!”.
Los 41 talleres se hicieron en la Universidad de Buenos Aires y casi todos llevaban en su nombre la palabra “mujer”: “Mujer y trabajo”, “Mujeres y los medios de comunicación”, “Mujeres y lesbianismo”, “La mujer en la educación”, “Situación laboral de las mujeres rurales”. Era la marca de una época en la que lo femenino ocupaba el centro. Con los años, ese centro se fue ampliando y transformando, no solo porque las travestis, las lesbianas y otras identidades venían siendo parte de la genealogía de semejante acontecimiento, sino también porque las discusiones de cada Encuentro profundizaban la transversalidad propia del feminismo y exigían una amplificación en el nombre que diera cuenta de la pluralidad de identidades que lo componían.
Dicen que ese Encuentro convocó a 15 mil mujeres, este año en Córdoba calcularon que en la marcha hubo más de 100 mil. Cuando se dice que en los Encuentros se cocinaron muchas de las luchas que luego se transformaron en conquistas de los feminismos se refiere justamente a esta historia palpable.
Los talleres de 1996 reflejaban de lleno el ajuste menemista. En “Mujer y trabajo” se rechazó la flexibilización laboral y el desempleo y se pidió la reducción de la jornada sin pérdida salarial. En salud, el rechazo fue a la autogestión hospitalaria y a la privatización de las obras sociales; en educación, a la Ley Federal de Educación y a la Ley de Educación Superior, en defensa de la escuela pública. Las mujeres rurales reclamaron reforma agraria, el fin de los remates de campos y tierra “para el que trabaja y quiera trabajarla”. En salud reproductiva ya circulaba la consigna “anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir”, la misma que una década después se convertiría en bandera de la Campaña.
De 1996 a hoy cambiaron los talleres, las identidades que los habitan, las discusiones, la escala de las marchas pero hay algo que persiste: cada Encuentro deja una marca en el territorio que lo recibe. “Estamos convencidas de que cada año una provincia se transforma, se sacude”, dice el documento, que piensa al Encuentro como “una escuela que incide en la politización de nuevas generaciones que se acercan a talleres, participan de nuestras multitudinarias marchas y conocen luchas de todo el país de primera mano”. Córdoba ya lo vivió. Ahora le toca a la Ciudad de Buenos Aires, en plena campaña electoral y en el centro del poder.